Cada noche, antes de dormir, lo obligaba a escuchar sus pesares de cada día y le hacía partícipe de su necesidad de adoración infinita. Después, lo mandaba a su habitación para que no la molestase. Eran un matrimonio cuasi perfecto.
martes, 9 de diciembre de 2014
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2 comentarios:
Estos durarán siempre: Ni se pelean ni le dan a la cigala. A no ser claro, que ya se le cruce los cables, y la sangre corra como un río por el pasillo. "Dios no lo quiera".
Abrazo Ramón.
Y yo creo que ese es el secreto Rafa, intentar agradar al otro, evitamos las confrontaciones.
Un abrazo
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